Dejar soplar al Espíritu
Abril 1, 2008 por albertoares
Nunca imaginé hace unos años que estaría viviendo una experiencia como la que estoy viviendo en estos momentos. Uno llega a otro país con el buen deseo de aprender otro idioma, de adaptarse a las costumbres del nuevo lugar. Ya os podréis imaginar: comida, forma de relacionarse,…incluso en las formas de expresar la fe. Lo que nunca me figuré es que tendría que utilizar tantos registros diferentes en un solo lugar. Quizás Cambridge sea un reducto un tanto especial en el universo estadounidense. Vayas donde vayas hay gente joven de casi cualquier parte del mundo que puedas imaginar, incluso de aquellas que aparecen con letra pequeña en los Atlas.
Y lo mismo ocurre en nuestras comunidades jesuitas. Somos como las Naciones Unidas. Es raro encontrar dos compañeros de la misma nacionalidad compartiendo el mismo techo. Y eso se hace más visible a la hora de cocinar, de cantar, de hablar,…
Es increíble como ha cambiado mi percepción de la forma de hacer teología e incluso de expresar mi fe. Es cierto que uno es hijo de “su madre y de su padre”, y que he mamado una espiritualidad ignaciana encarnada en la realidad española, en un ambiente católico, de una profunda riqueza interior y parco en exteriorizaciones. Aquí me descubro en un ambiente diferente en cada momento del día. Puedo amanecer en la parroquia de San Benito con la comunidad de salvadoreña cantando a ritmo de cumbia salvadoreña, tener una celebración al rato en mi Universidad al más puro estilo norte-europeo, asistir al funeral de la abuela de un compañero en la parroquia cercana a mi casa con una misa heredera de la más pura tradición irlandesa: liturgia muy bien cuidada, un piano y una solista. Pero de repente, puedo echar una mano a uno de mis compañeros que celebra misa todas las semanas con la comunidad keniata, albanesa o filipina.
Cada comunidad tiene una forma especial de hablar de Dios, de sus vivencias, de la forma de exteriorizar su fe. Uno puede disfrutar de las comidas, de los acentos a la hora de hablar, de dar con los diferentes registros a la hora de relacionarse,… pero cuando uno llega a entender (o al menos a vislumbrar o entrever) la forma como alguien habla de Dios, pienso que uno ha llegado a lo más hondo de la comunidad.
Y aquí es donde uno se percata como el Espíritu sopla donde quiere y como quiere, por mucho que nosotros queramos a veces encapsularlo en nuestra propia tradición o costumbres. El Espíritu sigue soplando…
