Generalmente tenemos como “modelos solidarios” a personas que han dejado sus comodidades, su familia, y que dedican su vida a los más necesitados en distintos ámbitos: sin techo, discapacitados, migrantes, indígenas, etc. Muchas veces nuestro imaginario sitúa a estos héroes como personas que dedican una parte de su vida de una manera solidaria, pero casi siempre con un plazo o una fecha tope: hasta que se echan novio/a, hasta que consiguen un buen trabajo en sus países de origen, hasta que se acaba el tiempo de la acción voluntaria,…
Encontrar a personas que después de un tiempo se comprometen con las comunidades a las que sirven no siempre es fácil. ¿Cómo voy a poder ganarme la vida con un sueldo tan bajo? Cuando uno está soltero, la vida es más fácil, pero ¿Cómo voy a poder mantener a mi esposa e hijos? ¿Cómo poder darles una buena educación? ¿y el tema de la salud? ¿Y la inseguridad que se vive en muchos de estos contextos?
Preguntas todas muy razonables y que generalmente hacen que el voluntariado internacional, la solidaridad, viva una “continúa discontinuidad”. Las propias comunidades que reciben a los voluntarios perciben esta realidad como un hecho traumático: “mucha gente viene constantemente, les cogemos cariño, se “hace la foto” con nosotros, pero nadie se queda a compartir nuestra vida”.
En estos contextos vitales, encontrarte una pareja que viva su proyecto familiar desde los más necesitados, es para quitarse el sombrero y dar muchas gracias a Dios.
Conocí a Nuri hace ya unos cuantos años en Salamanca cuando estudiaba filosofía. Una chica inquieta, comprometida en Caritas con los enfermos terminales de SIDA. En una época donde ser enfermo del VIH era sinónimo de muerte prematura, marginalidad y dolor. Muchas cuestiones abiertas, necesidad de encontrar más luz en la vida, ilusión por encontrarse con la realidad de los más desvalidos en otros rincones del planeta,… todas ellas situaciones que se plantean muchos jóvenes “de bien”. Esa es la realidad que vivía Nuri cuando decidió emprender la aventura del Voluntariado VOLPA, hoy integrado en Entreculturas. Su destino: Chiapas y el acompañamiento a las mujeres indígenas.
Viviendo primero con otra compañera, Marta, en una comunidad de religiosas y más tarde en la comunidad del jesuita Pedro Arriaga en San Cristóbal de las Casas. Una comunidad abierta donde convivían jesuitas, voluntarios y la cual se había convertido en punto de encuentro de muchas personas de las comunidades indígenas de la zona.
En esta misma comunidad vivía Luis, un joven de Mérida, Yucatán que después de concluir sus estudios universitarios decide emprender una nueva etapa en la vecina Chiapas. Desde sus estudios en empresa y con la ilusión por apoyar procesos en cooperativas de comunidades indígenas, recala a través del contacto con un jesuita en Maya Vinic, la cooperativa de café de las Abejas de Acteal.
Años de compartir codo a codo comunidad, proyectos que se entrecruzaban, alegrías y también dolor de la tarea, la cotidianeidad del que vive alejado de los suyos, sueños, cuestionamientos personales,… toda una amalgama que fue encontrando luz en las comunidades a las que servían y en la fe que les acompañaba. El mismo Señor de la vida iba reorganizando, ubicando, dando sentido a toda esta vorágine de sentimientos, pulsiones, reflexiones e ilusiones que bullían en su interior.
Tiempos de regresar a casa para dar cuenta de la tarea comprometida ante VOLPA, reubicar proyectos en Maya Vinic, tomar el pulso a la familia, a los amigos,… ¿Y ahora qué? ¿Comenzamos un proyecto común? ¿En Salamanca? ¿Mérida? ¿¿¿CHIAPAS???
Las mismas cuestiones que nos acompañan cuando salimos de casa: ¿y el trabajo? ¿Cómo criar a los hijos? ¿Y si se ponen enfermos? ¿Dónde acudir? ¿Y la inseguridad?
Ninguna de estas cuestiones fueron definitivas para achantarles o echarles atrás. El amor que les unía, el compromiso con las comunidades a las que servían, la llamada de Dios chapaneca y la ilusión por iniciar un proyecto común, hizo que la balanza callera rotundamente en los Altos de Chiapas.
Ya van pasando los años… Diego y Marinita han nutrido la familia… Caritas y Maya Vinic son centros de trabajo y de misión… Alegrías y también dificultades, dudas y certezas, ilusiones y desesperanzas,…
¡Qué regalo poder compartir con ellos estos días! Le doy muchas gracias a Dios por haber tenido la oportunidad de compartir estas semanas, por ponernos al día en nuestra amistad, y sobre todo por sentirlos cercanos, familia, compartiendo vida y proyectos comunes.
Como me confesaba Alex -un voluntario con el que viví en casa de Pedro-, Luis y Nuri son un ejemplo para todos de compromiso y cercanía hacía las comunidades y con la gente que conviven.
Compartir con amigos te ayuda a sentir más cerca sus proyectos, su familia, su gente,… y eso hace que pasen a formar parte de tu vida.
¡GRACIAS POR TODO FAMILIA!
Leer una de estas entradas son una buena forma de empezar el año
Y este ejemplo es una referencia para los treintañeros como yo. Por ahora sigo en mi ONG a pesar de mi próxima hipoteca
Al peregrino de las Rias Baixas… un fuerte abrazo
Me ha encantado este artículo. Me llena de muchas ilusiones. Gracias Alberto.
Muchas gracias a ti Lázaroangel. Un fuerte abrazo
Es una inspriación este texto y un tentimonio que le da sentido a la misma vida; gracias P Alberto
Claro que si, Javier. Vuestra vida también es un testimonio de mucha entrega. Un fuerte abrazo
Es un ejemplo a seguir.Ahora que el trabajo remunerado escasea, la oportunidad de esta opción “no remunerada” (monetariamente), ayude a tantos jovenes a encontrar el verdadero camino de la vida. Un abrazo, Alberto
Muchas gracias Juan Antonio por tu comentario. Hay mucha sabiduría en tus palabras. Un fuerte abrazo