EL RINCÓN DE ALBERTO

Todo comenzó con un encuentro

Juan del Castillo: Un hombre con una misión

Juan del Castillo

Para muchos de nosotros las imágenes de la película de La Misión son ya parte de nuestra vida. Conocer la importancia que tuvieron las reducciones del Paraguay, para la vida de los pueblos, es descubrir uno de los legados de la humanidad. En este contexto, es donde se inscribe la conmemoración del compañero jesuita, Juan del Castillo. Un hombre que tuvo el coraje de apostar su vida por un sueño, por una humanidad nueva, por el Reino.

Juan del Castillo es uno de  los misioneros jesuitas que aparecen en la película de La Misión. Nacido en Belmonte, un pueblo de Cuenca en 1595, siente desde muy pronto un gran deseo por mostrar a los demás aquel tesoro que había encontrado y que daba sentido a su vida: Jesús. Ni su débil salud que en algún momento hizo peligrar sus estudios, ni los miles de kilómetros a recorrer por mar y por tierra, ni los climas extremos que minaban su vida cotidiana, ni el estudio de nuevas lenguas… Ninguno de estos elementos logró arrancar a Juan de su deseo de aprender de otros y de transmitirles su entusiasmo por aquello que daba sentido a su existencia.

Conocer la vida de san Juan del Castillo es recorrer los paisajes, las cataratas, la naturaleza en estado puro…, aquellas escenas tan impactantes de la película de La Misión; pero también es transitar por caminos angostos y tortuosos donde los intereses humanos, los gobiernos, los quehaceres políticos, económicos y religiosos jugaron un papel fundamental, hasta hacerle entregar la vida.

Juan del Castillo fue conocido porque era una persona cercana y buena. La gente joven, a los que dedicó mucho tiempo y energías, sentían hacia él gran respeto y admiración. Asimismo, la gente sencilla se sentía muy identificada con él, seguramente porque era capaz de transparentar el cariño, la misericordia y el amor de Dios a los que le rodeaban.

La Fundación que acoge a Pueblos Unidos tiene la suerte de llamarse Fundación San Juan del Castillo. Es una manera de honrar su nombre y sus sueños. Unos anhelos que nosotros intentamos encarnar aprendiendo de los demás, desde la diversidad, acogiendo y acompañando procesos de personas que también buscan un sueño a miles de kilómetros de sus tierras, animando “pueblos unidos”, desde el servicio y la formación de niños y jóvenes; y, desde la defensa de los derechos que muchas veces, como a Juan, también a nosotros nos hace morir a algunas cosas y, a la vez, descubrir que en nuestra debilidad se muestra nuestra fortaleza.

 Alberto Ares, sj

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Esta entrada fue publicada en noviembre 16, 2013 por en encuentro, Esperanza, globalización, Jóvenes, Jesuitas, Migraciones, pastoral, Peregrinos, Servicio, Vida y etiquetada con , , , , , .

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