EL RINCÓN DE ALBERTO

Todo comenzó con un encuentro

Asomarse a la vida de los que esperan

Hoy es uno de esos días donde la mente y el corazón andan buscando espacios para procesar y digerir lo vivido estas últimas semanas. Hace unos días regresábamos de la visita con una expedición del SJM España a nuestro compañero jesuita Esteban Velázquez, responsable de la delegación diocesana de migraciones de Tánger, en la ciudad de Nador.

A_Nador

Una mirada desde la frontera española

Meme_EstebanComenzamos nuestro periplo en Melilla con Meme, la religiosa de María Inmaculada que lidera varios programas en la ciudad autónoma de ayuda a personas más vulnerables, muchas de ellas inmigrantes. Desde la Fundación Red Íncola, perteneciente al área de migraciones del sector social de los jesuitas, conocíamos de su trabajo. Con ella, Esteban y Mohamed recorrimos la valla por el lado español y nos introdujeron en los barrios principales de Melilla, en el casco viejo, etc.

En Melilla tuvimos la suerte de unirnos a un encuentro entre entidades sociales, investigadores universitarios y algunos miembros de la comisión de DD.HH. del Parlamento Vasco. Aunque la temática de la reunión fue variada, tuvo un eje importante en los procesos migratorios femeninos, de un modo especial en el tema de trata. A través de Meme pudimos contactar con Carlos y Lola, los responsables del CETI de Melilla que gustosos nos abrieron sus puertas. La visita al centro fue muy esclarecedora, pues pudimos conocer de primera mano las condiciones en que viven las personas que saltan la valla y todos los interrogantes y cuestionamientos que se abren tanto desde dentro como desde fuera de sus paredes.

Entre tanto vienen a mi mente frases sueltas que me fueron impactando y que continúan resonando: “Aquí en Melilla todos tenemos parte de nuestra familia a un lado y otro de la valla” (Mohamed); “La cuestión de la migración irregular y la valla es un tema muy complejo y hay que escuchar a las personas de ambos lados” (Meme); “El CETI necesita de una reflexión desde una mirada más amplia y global. Hacemos todo lo mejor que podemos” (Carlos).

Impresiona mucho ver el paso fronterizo del barrio chino con el enjambre de porteadoras que realizan un “trabajo de esclavas” en condiciones inhumanas, mientras se benefician empresarios a un lado y otro de la frontera. Me removía por dentro atravesar uno de los pasos fronterizos y percibir la tensión que se vive, la presión que sufren tanto las personas que intentan cruzar, como los policías a ambos lados. ¿Será que es mejor levantar vallas que tender puentes?

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La Delegación diocesana de migraciones y la vida al otro lado

La llamada a la oración y las calles casi vacías nos recordaba que estábamos en pleno Ramadán. Un gran grupo de mujeres marroquíes se agolpaban en la puerta del Centro Baraka, esperando una ayuda alimenticia que llega a cuenta gotas. Tiempo para conocer la sede de la Delegación Diocesana de Migraciones y su equipo, la Iglesia y su párroco Darío -un franciscano gallego que lleva toda su vida en aquellas tierras-, y a tres españolas -Patricia, Ana y Elena- que llegan para realizar actividades de voluntariado por un mes. La acogida de la comunidad de religiosas que atienden en la parroquia fue toda una bendición, como el mismo nombre del centro que se alberga en el complejo parroquial.

Ibrahim, un chico de Niger, nos recibió con una sonrisa desde su andador. Sus palabras transmitían mucha paz, con una conversación fluida en francés. Es el primer joven que se acoge en el centro que está en construcción para aquellos jóvenes que intentan saltar la valla y sufren daños tan graves que necesitan de periodos de recuperación en un entorno de acogida y atención sanitaria. Como muchas de las personas que intentan saltar la valla, Ibrahim recibió tantos golpes de la policía marroquí con el famoso “bastón” que utilizan los cuerpos de seguridad, que todos temían que tuviera una lesión en la propia columna, pues tenía una parálisis importante en sus piernas. En estos momentos poco a poco se va recuperando e Ibrahim cree que en breve estará a punto para seguir su propio camino.

El tiempo en Nador y la agenda de nuestra visita dio para mucho, siempre a expensas de lo que iba ocurriendo en los asentamientos o en la valla. Tuvimos tiempo para conocer más de cerca el trabajo de la delegación de migraciones, el día a día del centro Baraka, reunirnos con algunas entidades sociales como AMDH (Asociación Marroquí de Derechos Humanos) y ASTICUDE (Asociación Cultural Bereber). También fue muy interesante una reunión que mantuvimos con dos personas migrantes que viven en los asentamientos. Su testimonio en primera persona daba mucha fuerza a sus palabras: el día a día en los campamentos, en el monte Gurugú, en Selouan,… Asimismo, tuvimos la suerte de visitar un centro para personas discapacitadas que lideran las Hijas de la Caridad. Un testimonio de Iglesia muy fuerte en favor de los más vulnerables.

Asomándome a la vida de los que esperan

En uno de esos tiempos de acompañamiento a la delegación de migraciones, tuve la suerte de unirme al equipo en sus labores de atención sanitaria. Esa mañana la tarea consistía en recorrer varios asentamientos, llevando a distintas personas a los centros sanitarios de la ciudad. Primero fuimos a buscar a Mercy a un centro donde luego me enteré que acababan de practicarle un aborto. Una jovencita nigeriana que no superaba los veinte. Como tantas adolescentes y jóvenes víctimas de las redes de trata: forzadas, compradas y/o engañadas cuyo destino son los burdeles de media Europa. Su rostro transmitía cansancio y mucho temor. Conversé en inglés con ella sobre su país, su lengua, su familia,… temas sobre los que parecía sentirse cómoda. Cuando le pregunté sobre su proyecto migratorio, el camino recorrido,… su respuesta parecía sacada de un contestador de voz, de esos que se programan para que escuchemos cuando no estamos en casa. Recorrimos un par de farmacias y salí corriendo para recoger los medicamentos con las recetas. El farmacéutico, un hombre joven, que apoya mucho a la delegación y su labor. De regreso al coche le expliqué a Mercy cómo tenía que tomar los medicamentos y la importancia sobre todo del antibiótico.

De camino llamaron a Francisca, pues teníamos que recoger a un joven que esperaba orillado en la carretera. Alpha esperaba a la sombra de un árbol. Nos ve y se acerca al coche. Saluda a todos y Francisca le pregunta que le pasa. Se toca la cabeza, se quita su gorro de lana y nos enseña una herida profunda muy cerca de la nuca. Nos cuenta en francés que unos chicos marroquíes le han pegado una paliza. Salimos rápido hacia el centro de salud. Por el camino Alpha nos contó que era de Guinea Conakri y que llevaba tiempo en el asentamiento esperando para llegar a España. Francisca se apea para realizar unas gestiones e intento comenzar una conversación a tres bandas con Mercy y Alpha. Complicado, pues una es anglófona y el otro francófono. De repente regresa Francisca y en pocos minutos llegamos al centro de salud donde dejamos a Alpha.

Es tiempo de llevar a Mercy a su asentamiento. Un espacio controlado fuertemente por las redes de trata y que no se andan con chiquitas si perciben la menor sospecha de intento de fuga o de denuncia. No es fácil explicar cómo se me quedó el cuerpo cuando Mercy salió del coche y comenzó a caminar cuesta arriba hacia el bosque. Sentir que abandonábamos a esa niña a un futuro oscuro y denigrante, pero a la vez con cierta satisfacción de haberle ayudado en un momento de su camino. Francisca me comentaba que si se nos ocurre esconderla o denunciar la situación la encontrarían al instante y nunca más la volveríamos a ver porque acabaría en cualquier cuneta. Su red de control y de vigilancia llega muy lejos… Pese a esto, no puedo describir el desgarro y la tristeza que sentía en mi interior. ¿Cómo el vicio y la degradación humana que significa la prostitución de niñas en el norte, puede causar tanto daño en el sur? Pensaba en la familia de Mercy, en su hermano, en su madre,… ¿Volverán a ver a su hija, a su hermana,…?

Sin apenas tiempo para procesar, nos movimos rápido hacia otro asentamiento donde nos esperaba a la sombra de un árbol una familia maliense con cuatro hijos. El padre, un hombre fornido con una muleta y una pierna medio encañada que cojeaba al andar, su esposa y cuatro hijas. Una era un bebe que tenía dos meses y necesitaba que la lleváramos a ponerle las vacunas. El padre nos decía en francés que estaba contento y confiado al ver al P. Esteban conduciendo el vehículo. Se acomodaron en el coche y proseguimos a otro asentamiento donde recogimos a una mujer camerunesa con su bebe.

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Mirar la parte de atrás del coche te transportaba al metro en hora punta. Los bebés, las pequeñas, las mamás y Francisca. Aquello parecía sacado de las historias del libro Guinness: ocho personas en los tres asientos de atrás. De camino se escuchaba mucho jolgorio. Un bebe llorando y en breve dándole el pecho, otra jugando y cantando con Francisca y conmigo,… Conversaciones cruzadas de aquí y de allá. Les pregunté dónde les gustaría vivir en España, una familia decía que en Madrid y otra en Barcelona.

Llegamos al centro de salud donde habíamos dejado a Alpha y Francisca salió presurosa con toda la tropa. Yo también salí para bajar a la pequeña de ojos saltones y darle la mano para que no se le ocurriera salir corriendo a la carretera. Todas se despedían camino de la puerta principal en la que el trasiego de gente era constante. Mientras tanto Esteban y yo seguimos conversando sobre nuestra visita, el trabajo y sus impresiones allí, la vida en la Compañía,… Para Esteban significaba mucho que nosotros estuviéramos por allí y sentir nuestro apoyo.

Al rato, Francisca salía del centro con Alpha. Había que ir al hospital porque la herida era muy profunda y veían que era tarea más sería. De nuevo en la carretera, pues ya llegábamos tarde a nuestra próxima tarea, la de repartir los kit de higiene en uno de los asentamientos. Dejamos a Alpha de camino y fuimos a cargar el coche de nuevo a la delegación. Miguel retomaba ahora mi puesto de acompañante del equipo.

En estos días tuvimos tiempo de recorrer el monte Gurugú. Nos encontrarnos con varios chicos en la carretera, pidiendo, saludando,… Nos parábamos con cada grupo y les repartíamos la información de la Delegación. Muchos conocían a Esteban. Caras algunas de alegría por el encuentro, pero a la vez se percibía el cansancio y el temor. Una tarde tomamos la carretera paralela a la costa rumbo a Argelia y contemplar las vistas de tres países desde uno de los miradores de la zona: El cabo del Agua (Marruecos), Las islas Chafarinas (España) y Moscarda (Argelia). Parecía mentira recorrer tres países con un solo golpe de vista.

¿Qué he constatado en estos días?

Me doy cuenta que una semana no es tiempo suficiente para hacer una lectura integral sobre la realidad de frontera. Si bien esto es innegable no es menos cierto que recoger la experiencia de tantas personas con la que nos encontramos, del equipo de la delegación, del centro Baraka y sobre todo de Esteban, me ayuda a mirar de forma más honda esta realidad tan rota y sufriente, donde siento que Dios sigue actuando en las dinámicas vitales de tantas personas: misericordia, servicio, solidaridad,…

Este encuentro en Nador me constata una fuerte represión en torno a la frontera, en el acoso a las personas que viven en los asentamientos, sobre todo en el monte Gurugú, de las “devoluciones en caliente”, de todos los apaleamientos que se producen en la misma valla,… ¿Seremos capaces de vivir juntos?

Me alegró mucho escuchar los mensajes emitidos por el rey de Marruecos, aunque hayan sido incipientes. Están ayudando a construir una nueva política migratoria, abriendo vías a la regularización. Me daba alegría escuchar a algunos inmigrantes diciendo que este mensaje ha influido para que la población marroquí mirara con ojos más solidarios y respetuosos la vida y el proyecto de las personas migrantes.

En tierra de nadie

Es doloroso observar como el control de fronteras y todo lo acaecido entorno a la valla genera una economía “obscena” a través de las redes de “coyotes” y de “trata”, del trabajo infrahumano de las porteadoras, de todo el dinero invertido por los gobiernos en construir muros, en reforzar más y más la vigilancia, más cuerpos de seguridad. ¿Podemos hacer negocio a costa de la degradación de personas, de la violación constante de derechos humanos? ¿Qué nos está pasando?

Una realidad compleja y ambigua

Siguen viniendo a mi mente los rostros y las conversaciones con Mercy, con Esteban, con Alpha, con Meme, con Ibrahim, con tantas personas que en estos días se han convertido en compañeros y compañeras de camino. Es difícil no conmoverse por el drama de las mujeres sometidas a trata y a tantas vejaciones en su proceso migratorio, por el dolor de aquellos que viven constantemente escondidos y apaleados en el bosque con la esperanza de un día “saltar hacia la tierra prometida”, la de tantas personas que huyen del hambre y de los conflictos bélicos que aniquilan vidas, sueños y esperanza.

Se perciben también las limitaciones de los que viven al borde de la navaja, de los que sienten la presión y la angustia: peleas entre migrantes de diferentes comunidades, actitudes racistas y prejuicios, incluso cierta picaresca, y la tensión vital de los cuerpos de seguridad.

Recuerdo también con ilusión el testimonio de tantas personas que están apoyando en el proceso: gente solidaria -algunos de iglesia-, funcionarios, personas de bien que acompañan y se desviven por los demás. Son para mí un testimonio vivo de la buena noticia encarnada, de que existen los ángeles en esta tierra, personas que me ayudan a conectar con espacios privilegiados de encuentro en lo más auténtico y profundo del ser humano.

Celebrando la vida

Uno de los momentos más intensos de estos días lo vivimos en el monte Gurugú, donde la expedición del SJM y Esteban celebramos una eucaristía. Según Esteban, “posiblemente la primera eucaristía que se celebra en aquel monte”. Tiempo para hacer memoria de tantas personas que habrán pasado por aquellos parajes en busca de un sueño, huyendo de la violencia y del hambre,…

La eucaristía es una acción de gracias en la que hacemos presente el amor y la entrega de Jesús que se convierte en pan compartido y sangre derramada para todos, y en la que se nos invita y envía a seguir sus pasos. El monte Gurugú es hoy sin duda un lugar privilegiado de encuentro con Dios desde la fragilidad humana, que se transforma en sueño, en ilusión,… y que nos recuerda nuestra vida como peregrinos en esta tierra. ¿Qué nos está diciendo Dios a través de todas estas situaciones a cada uno de nosotros y nosotras?

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(Para salvaguardar la identidad de las personas migrantes en este testimonio he utilizado seudónimos)

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Esta entrada fue publicada en julio 20, 2014 por en Esperanza, globalización, Jesuitas, Marruecos, Migraciones, Peregrinos, Uncategorized, violencia y etiquetada con , , , , , , .

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